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Los niños necesitan la protectora presencia de los padres para superar el miedo a la oscuridad

El miedo a la oscuridad es probablemente el más antiguo de los miedos, construido durante los peligrosos primeros tiempos de la especie humana. Este miedo, como conciencia instintiva de peligro, puede aparecer entre los dos y tres años. Es precisamente a esa edad cuando los niños empiezan a tener suficiente madurez para darse cuenta de que son entidades separadas de sus padres y de preocuparse, por tanto, por su integridad física.

No obstante, siguen siendo demasiado pequeños para distinguir entre fantasía y realidad. Esto explica que una pesadilla se perciba como posible y que una realidad amenazante –la llegada de un hermano, la separación de los padres o un cambio de casa, por ejemplo- pueda tener como consecuencia un aumento repentino del miedo a la oscuridad.

SENTIR A LOS PADRES

El miedo es natural, pero no por ello se debe potenciar añadiendo más detalles a los ya de por sí terroríficos cuentos y películas. Al contrario, hay que transmitir la seguridad de que los padres estarán ahí para protegerles y que no hay nada que temer. De más o menos gravedad según distintos factores, hacia los ocho o nueve años esos miedos deberían remitir si no existe una causa evidente que pueda perturbar el sueño. Mientras tanto, una lucecita encendida si la piden y, sobre todo, la afectuosa presencia del adulto deberían estar garantizados. Es posible que un niño con miedo a la oscuridad pida ir a la cama de los padres y, de hecho, puede ser lo que más necesite. Así que, ¿por qué no probarlo? Saber que tiene a los padres muy cerca le dará más seguridad y quizás así, poco a poco, disminuya el miedo.

 

MIQUEL ANGEL ALABART
PSICOPEDAGOGO Y TERAPEUTA GESTÁLTICO